Desde la almena

DEL AMOR CÉLIBE

¿Puede usted entender que un hombre sea capaz de serle fiel a su mujer durante toda su vida, resistiendo a las tentaciones y sosteniendo su juramento? Si usted no cree en esto entonces puede continuar con su vida triste de pesimista resignado o de cínica suficiencia. Pero si usted cree que es posible amar a una sola mujer y serle fiel durante toda la existencia, entonces será más fácil que usted comprenda la esencia, la necesidad y la razón del celibato. Del mismo modo que un hombre es capaz de casarse con una sola mujer, y vivir para siempre siendo una sola carne, también el sacerdote es capaz de desposarse con Dios y vivir para siempre siendo una sola alma. Aquel es incapaz de dividir su corazón amando a otras mujeres, este es incapaz de dividir su corazón amando a alguna mujer. El que ama tiene al menos dos deberes con el amado, serle fiel y servirlo. De modo que el casado si dividiera su corazón, pecaría en lo primero, mientras que el religioso, al dividirlo, fallaría en lo segundo.

  Ahora bien, mientras la fidelidad es la misma en ambos casos, no lo es así el servicio. Para el que se casa con una mujer, el servicio consiste principalmente en la atención a ella, para el que se desposa con Dios, el servicio consiste en la salvación de todos. Sin embargo, el que se desposa con una mujer necesariamente va a estimar y preferir el alma de su amada antes que cualquiera otra. Sólo el que se desposa con Dios es capaz de amar a todos los hombres con un mismo amor y dedicación, ya que la salvación de un alma extraña y anónima es tan cara al sacerdote como la salvación del alma de su propia madre.

  El celibato es posiblemente el don divino más conmovedor. El celibato es la prueba más tangible de la llegada del Reino de los Cielos, cuya ley dorada es el amor puro y desinteresado. El celibato es casi semejante en todo a un milagro. Son muchos los que exigen “ver” y “tocar” para poder “creer”. Pues bien, allí está el celibato. Y aun así, en lugar de verlo, tocarlo, entenderlo y creer, se lo desconoce, se lo desprecia, se lo ataca, se lo burla, se lo niega, se lo rebaja, se lo adapta. La razón de este misterioso rechazo es que el celibato es el signo más noble y heroico de la vida celestial. Y la vida celestial es vituperada y perseguida por el mundo. El mundo no quiere creer. El mundo miente cuando exige pruebas sensibles para atreverse a creer. Porque creer exige algo al hombre creyente, entonces se apresura el mundo para exigir él primero. Entonces exigen pruebas, pero no para creer sino para confundir a los más sencillos, para levantar desconcierto, para sembrar dudas, para hallar excusas y poder huir impunes de la mirada del Señor. Una vida vivida por encima de la naturaleza es considerada una insolencia por los que apenas viven en la naturaleza.

  Decir que el célibe es alguien que renunció a las mujeres por amor a Dios es, cuanto menos, impreciso. Es un análisis meramente descriptivo y, además, por lo negativo, propio del que mira las cosas desde afuera. Es el reverso de la verdad, aunque no es su contrario. Es juzgar la luz por las sombras que proyecta. Es como decir que el hombre que se casa con una mujer es simplemente un hombre que ha renunciado a todas las demás mujeres. Y esto no es así. El hombre que ama a una mujer no concibe el matrimonio como una renuncia, sino como una recompensa, porque entiende que Dios velará por sus almas enamoradas para que jamás se separen. Semejante cosa ocurre con el hombre religioso, que no concibe su celibato como una renuncia, sino como una recompensa, porque sabe que así Dios lo fortalecerá para que pueda permanecer siempre unido a las necesidades de todas las almas.

  En definitiva, hombre célibe es aquel que, convidado como todos a la única fiesta, depone su lugar de invitado y se pone a servir las mesas. 


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