Desde la almena

LO ETERNO EN EL ALMA ETERNA

Los minerales y vegetales no poseen religión. Los animales tampoco. Y lo que es más curioso, ni siquiera Dios posee religión. La religión es un asunto absolutamente humano. No es un invento divino, es una consecuencia de la divinidad. Es el efecto de la existencia de Dios y de la existencia del hombre. Es el efecto primero de una relación. Si Dios existe, existe un camino para llegar a Él, o un camino por el que Él nos hizo a nosotros. Un camino que puede ser recorrido o desandado, pero que no puede ser ignorado. Creer o no creer en Dios no es una cuestión de deber u obligación, es una cuestión de apremio existencial. Algunos creen que la necesidad implica invención o irrealidad. Pero lo cierto es que la necesidad de comer no inventó lo que alimenta. Quien tenga hambre no puede comer cualquier cosa. Lo que alimenta es anterior al hambre. El hambre existe porque existe el hombre. La necesidad de beber no inventó el agua o cualquier otra bebida. El hombre descubrió aquello que lo alimenta y que lo sacia, a partir de su hambre y de su sed. Fue la necesidad la que lo guió a esas realidades preexistentes.  Necesariamente el hombre se da una respuesta al interrogante sobre Dios. Pero ese interrogante no fue inventado por él. No hay una obligación moral en creer, hay una obligación abrumadoramente lógica de preguntárselo. No hay un deber moral en creer, pero hay un deber de satisfacer una duda natural. El punto de la cuestión no es saber si el hombre creó o no creó el concepto de Dios. El punto es por qué el hombre tiene ese interrogante, por qué tiene enquistado ese dilema. Todo hombre ha respondido en su interior a ese interrogante. O le ha prestado fe o no se la ha prestado. Algunos viven luego tranquilos, otros viven siempre inquietos. Pero nadie vive indiferente. Todos se han enfrentado a ese Dios en su intimidad. Porque la respuesta que le han dado es íntima, es secreta. Hay una experiencia de Dios, más allá del concepto de Dios. El hombre está solo ante esa clase de interrogantes. La idea de Dios es tan humana como el hombre mismo. Decir que el hombre inventó el concepto de Dios es como decir que el hombre inventó la soledad, la angustia, el temor, la desesperación, la duda, la alegría… El hombre nace con eso. Su alma está llena de eso: la sensación de Dios. La sensación de un más allá. Tan real como la sensación de angustia. Tan real como la sensación de realidad. Hay poderes más grandes que los mayores poderes del hombre. Y no hace falta llegar hasta Dios. Encontramos el primero en la muerte. No hay más razón en decir que el hombre inventó a Dios por necesidad, como la de decir que el hombre descubrió a Dios en esa necesidad. Ninguna de las dos cosas puede demostrarse. Pero sí se puede especular sobre lo siguiente: “¿Por qué los seres humanos recurrieron a algo inexistente para explicar lo inexplicable? ¿Por qué algo más inexplicable que la muerte se utilizaría para explicar la ya inexplicable muerte?”  Veamos lo que ocurre hoy mismo, en nuestros días. Cuando a un ateo se le muere un familiar, no se vuelve creyente. No intenta convencerse a sí mismo de que estuvo toda la vida equivocado. No intenta consolarse inmediatamente afirmando que debe existir un Dios que venga a custodiar o a devolverle a su querido difunto. ¿Por qué en tiempos más remotos se pensaría de ese modo? Y notemos que no es un pensamiento que dependa del avance de los tiempos o de los logros científicos. Se creía en Dios en tiempos donde se creía que el sol era pequeño como un botón, y también  en tiempos en que se inventaba la imprenta o la brújula. Hoy se cree en Dios fervientemente, al tiempo que clonamos animales. Con todo,  hay quienes todavía sostienen el ya viejo y herrumbrado antagonismo entre la ciencia y la religión. El tema de Dios es fundamentalmente humano. Y es esa esencialidad la prueba más sugerente de su realidad. Es una prueba indirecta de carácter inalienable. Sostener que Dios es un invento del hombre es llevar la cuestión a un punto irresoluble e indefinido, pues ¿por qué siempre tuvo esa necesidad? ¿Por qué le inquietaba al ser humano primitivo la muerte? ¿Por qué no la aceptaba como un hecho naturalísimo al modo de los animales? ¿Por qué en definitiva le repugnaba la idea de muerte, de desintegración o de desaparición definitiva? Quisiera que nos respondiésemos estas cuestiones con seriedad. Yo conjeturo que el hombre primitivo no aceptaba esos hechos o les repugnaban esos otros por las mismas razones por las que al hombre moderno le repugnan o rechaza. Basta que demos una explicación a esas cuestiones de los primitivos para que, acto siguiente, las apliquemos con igual coherencia y rigor a los hombres modernos. Y lo que hoy quiero marcar es esta continuidad en la evolución del ser humano. No las razones, sino su ininterrumpida existencia en el alma del ser humano. El hombre no inventó a Dios porque necesitaba a Dios. El hombre descubrió a Dios porque necesitaba esperanza. Y necesitaba respuestas. ¿Por qué el hombre necesita respuestas? ¿Por qué no puede convivir con la duda, sobre todo en cuestiones que le son muy caras? Quisiera que nos demos respuesta nosotros a estas graves consideraciones. ¿Por qué el hombre no aceptó el trueno sin intentar darle un sentido? ¿Por qué el hombre no aceptó el fuego sin esforzarse por hallarle una causa? ¿Podemos responder a esto? Yo creo que el hombre no pudo aceptar su soledad en el universo. El hombre nació con el alma desamparada. Con una inexpresable sensación de desarraigo. Y es esa la razón por la que lo pobló de múltiples dioses, gnomos y fantasmas. Maravillosa e infantil forma de acercarse a la idea del Dios uno. Era la aurora de la metafísica. La metafísica que todavía no caminaba, pero que ya se gestaba en la mente humana, a gatas. No es que los primeros hombres fueran grandes escritores de ficción. Es que los primeros hombres fueron hombres. Hay quienes creen que nos hubieran dejado una literatura incomparable. Imaginan la descripción que haría el hombre primitivo de la primera vez que vio caer la noche sobre el mundo. Pero la verdad es que ese hombre primitivo no superaría en la descripción de la oscuridad a los más celebres poetas de la modernidad. Porque es la noche lo único eternamente primitivo. La noche de hoy no difiere de las noches de ayer. Pasan los siglos, no las noches. El hombre es primitivo en comparación. Pero es hombre y siempre lo fue. No llenó la tierra y el cielo de seres fantásticos por amor a la fantasía o por ejercicio poético, lo hizo porque comprendía que esos portentos no eran humanos. No podían ser humanos. Y los aceptaron con reverencia y temor. Luego la razón en su desarrollo les pasaría el tamiz y les daría nuevas configuraciones. Pero el corazón de esa necesidad de lo divino fue y seguirá siendo una intuición terrible; un escalofrío ardiente en el fondo de todo hombre que medite la vida.   


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