Desde la almena

DOGMAS -Parte 1-

La existencia de dogmas no es la prueba de rigidez de la iglesia sino exactamente lo opuesto, es la prueba del dinamismo vital de la iglesia, que a través del tiempo sigue meditando y penetrando el insondable misterio del amor divino y  hallando, por este esfuerzo de la inteligencia, de la voluntad santa y de la gracia del Espíritu, nuevas consecuencias, frutos y tesoros que la Augustísima Trinidad desea revelar a sus hijos muy amados en tiempos precisos de la Historia. Lo que es rígido, en un sentido, es el dogma mismo, y ese sentido es el mismo por el cual decimos que Dios no se muda ni hay sombra de cambio en El. Nosotros, seres temporales, contingentes y finitos, no podemos concebir la idea de eternidad sin asociarle la idea de rigidez, y no podemos pensar en la rigidez sin asociarle la idea de parálisis. Aun así, ¿hay alguno que se queje porque “El David” de Miguel Ángel no salga de paseo todas las tardes, o hay alguno que se moleste porque “el Pensador” de Rodin no cambia alguna vez de mano para sostenerse el mentón? He aquí la belleza en la inmovilidad.

Los dogmas no me dicen las cosas que debo pensar. Los dogmas me aseguran que existen cosas más allá de lo que pueda pensar.

El dogma no tiene relación con el conocimiento tal como lo entendemos, sino con el sobreconocimiento, o como gustamos decir, la revelación. El dogma no ordena lo que debemos pensar, sino que enseña lo que debemos creer.


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